17 Abr

La mirada de las sardinas

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La justicia distingue entre la impunidad de los tiburones y la culpabilidad de las sardinas, de acuerdo con un aforismo atribuido a Rosa Luxemburgo. No hace falta ser mucho conocedor de la actuación de los tribunales para constatar como de actual es esta máxima y como de difícil resulta obtener el castigo en la persecución de delitos de corrupción y "cuello blanco" cometidos por aquellos que ostentan el poder político y económico en unos tribunales que, aun así, se muestran implacables en la aplicación de las leyes penales con las desheredadas.

 

A menudo la indignación que este hecho nos genera, nos hace cuestionar si a esta desigualdad contribuye el sistema de garantías judiciales, que son tan ampliamente respetadas cuando se trata de tiburones. Ciertamente muchas veces son estos los casos que hacen cambiar la jurisprudencia siempre hacia el mismo lado (el sistema de prescripción derivado del caso los Albertos o el sistema de acusación modelado con la doctrina Botín) y todo esto en la perversión que supone que las instituciones jurídicas de garantía creadas para mitigar y amortiguar el siempre desenfrenado poder estatal acaben beneficiando en primer lugar a aquellos que son el mismo poder estatal o que por su posición en lo alto del poder económico tienen un acceso muy privilegiado.

Pero el uso que hacen de las garantías nuestros tribunales no es el núcleo del problema. Algunos jueces excepcionales, siempre con dificultades y con mucho de esfuerzo, han sabido subyugar el poder y construir un proceso persiguiendo la corrupción con pleno respecto a este hipergarantisme, pienso en el juez Castro y su instrucción hecha íntegramente en sábados para esquivar las agendas de las togas de oro del procedimiento contra Cristina de Borbón. Por lo tanto la clave de vuelta del sistema es otra, es una cuestión de mirada.

La mirada de los tribunales, embriagada seguramente del poder que ellos ostentan y representan, está encarcelada por su empatía sesgada, por su capacidad de entender la actuación del poderoso, del empresario, del político, del banquero, de tener dudas sobre su auténtica voluntad delictiva y, al mismo tiempo, su absoluta incapacidad de ponerse en la piel del trabajador, del toxicómano, del marginal, del pobre, del ignorante, del enfermo mental. Y esta es la auténtica tragedia judicial. Lo he dicho en multitud de ocasiones, en la mayoría de temas que se ven en los tribunales penales, los de las sardinas, podríamos prescindir de la declaración de la persona acusada porque nunca, nunca, nunca nuestros jueces y juezas dan credibilidad al que explica la inculpada. Le darán la razón si no hay otras declaraciones que tengan carácter inculpatori, si hay testigos que la avalan, pero nunca creerán un pobre por el que dice de forma suficiente para generarlos dudas y aplicarle la presunción de inocencia. Si hay absolución, pues, será siempre con independencia y por encima de la voluntad, explicación e historia de la acusada a quien, como sans-culotte contemporánea no se le reconoce la suficiente subjetividad para protagonizar su propio juicio.

Esto se acompaña con una pátina de cinismo que preside todos los comentarios a Sala antes y después de la vista y con la cual, los magistrados, a menudo con cierta condescendencia trasladan todo tipo de comentarios sobre la originalidad de la defensa pero que siempre, siempre, siempre, contienen un acto de poder de no conceder el don de la credibilidad al desclasado. Si además se trata de una persona extranjera el marco legal racista que construye e incita la Ley de Extranjería hace enmudecer la acusada y su versión se convierte en una historia de Las mil y una noches.

Por el contrario, en las contadas ocasiones que un acusado de cuello blanco se encuentra inmerso en un procedimiento judicial, la solución acostumbra a ser radicalmente la contraria, de este modo todos los matices, desconocimientos y dudas del investigado son capitales para la resolución del proceso y acontecen los puntos fuertes de la convicción judicial. No deja de ser sorpresivo. Aquellos que habitualmente tienen formación universitaria y todos tipos de medios para saber qué es lícito y que no -informes previos, asesores, reuniones...- y son los que más fácilmente pueden aducir todo tipos de excusas para justificar su actuación, y en este mar de argumentos y medias verdades vamos perdiendo denuncias por prevaricación, por malversación, por tráfico de influencias...

Al final, pues, la justicia entiende mucho clases, y los jueces y fiscales no hacen otra cosa que proteger una: la suya; que mayoritariamente es además clase social de origen -la judicatura se ha nutrido especialmente de los hijos e hijas de la judicatura misma y del ejército-. Y por lo tanto de una forma más o menos consciente y más o menos ideológica se sienten muy lejos de las sardinas que se sientan en los banquillos de los tribunales y muy cerca de los encorbatados que como tiburones se cuelan entre los sumarios judiciales. La justicia, pues, no es que sea ciega, como en la imagen mítica de quien aguanta las balanzas. La justicia ve muy bien. La justicia trae ojeras de solo, de marca, que esconden la mirada, y el problema es precisamente como mira la justicia, como nos mira a las sardinas.

desclasado

Visto 5358 veces Modificado por última vez en Jueves, 17 Abril 2014 16:44
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