14 Dic

Juicios contra el independentismo: propuesta para una estrategia de ruptura

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A propósito de las últimas actuaciones judiciales contra el movimiento independentista en Catalunya, transcrito os adjuntamos la colaboración que hemos tenido la oportunidad de hacer en la sección de opinión del periódico digital Crític, al que también podeis acceder en versión original desde su página web:  

 

"El juicio a Sócrates es probablemente uno de los primeros juicios políticos de los que tenemos noticia en Occidente, la forma de afrontar el juicio nos acerca a la idea del juicio de ruptura, una estrategia centrada en discutir la legitimidad del tribunal que juzga con el objetivo último de discutir el sistema político en su conjunto y de desbordar los marcos tradicionales del debate, trasladando el centro de la discusión de la acusación planteada por el Estado al proceso en sí y los motivos políticos que lo mueven.

 

Los primeros en teorizar sobre esta cuestión, tal y como hoy la entendemos, fueron los bolcheviques. En una carta de 1905, Lenin escribía sobre la estrategia que debían seguir, según su criterio, Elena Stásov y demás camaradas presos, proponiendo la siguiente tríada: 1) No reconocer el derecho de la Corte de juzgar los acusados ​​y por tanto proceder a boicotearla; 2) No participar en los procedimientos judiciales y utilizar el abogado exclusivamente para explicar que el Tribunal se encuentra carente de jurisdicción, y 3) Utilizar el juicio como medio de agitación.

 

Esta mirada fue desarrollada en multitud de procesos contra militantes comunistas -durante años el procedimiento de referencia fue el llamado juicio de Leipzig a Gregori Dimitrov 1933, acusado de haber incendiado el Reichtag-, y Jacques Vergès fue responsable de reactivar la cuestión en los procedimientos de defensa de argelinos insurgentes contra Francia durante la guerra de Independencia de Argelia. El propio Vergès recordaba años después: "Era consciente de que la condena de los acusados ​​estaba programada dentro del marco estrecho del proceso; pero esta relación de fuerza podía cambiar si entraba en juego la opinión pública internacional. Por lo tanto consideré el pretorio como un campo de batalla que debía hacerse público, para poder luchar en situación de igualdad con los jueces ".

 

Su caso más paradigmático -y que da origen a la llamada estrategia de ruptura- es el juicio contra Djamila Bohuired. Cuando Vergès asumió el caso bajo una acusación de asesinato terrorista y con imposibilitados de defensa evidente, la sentencia de muerte prácticamente estaba dictada. La utilización de la técnica de la ruptura supuso ganar el pulso al Estado francés y salvar la vida de la acusada. Lejos de lo que podría parecer, el propio Vergès señalaba que la estrategia de ruptura salvó muchas más vidas de militantes del FLN que a la clásica estrategia de connivencia.

La estrategia de ruptura

Connivencia y ruptura, con estos nombres se apuntan las dos grandes maneras de afrontar el proceso. Cuando la persona acusada acepta las reglas del juego y se establece un diálogo entre el juez y el acusado, la defensa se ciñe a un debate más jurídico o de hecho del objeto de acusación -que no tiene por qué ser poco -, de alguna manera se construye un espacio delimitado que permite a los poderes del Estado desplegar toda su potencia. Si, en cambio, se adopta la estrategia de ruptura, el acusado debe exponer en el proceso la causa política subyacente porque ésta es el propio motor del proceso y lo que genera una contradicción potencial al conjunto del sistema. De este modo, la parte acusada se convierte en parte acusadora y el juicio en los términos convencionales resulta imposible.

Vergès plantea la necesidad de combinar la argumentación política en la sala con otros dos elementos: la apelación al derecho internacional público y una llamada a la opinión pública.

Sintéticamente, apunta otras dos cuestiones:

1) La estrategia de ruptura es especialmente efectiva cuando permite encauzar una contradicción con potencialidad de destruir el orden existente y sustituirlo uno nuevo

y 2) La posibilidad de generar estrategias combinadas entre la estrategia de ruptura y la de connivencia.

Aplicando estas reflexiones en nuestra historia judicial reciente desde los procesos asumidos por los movimientos sociales creo que podemos afirmar tranquilamente que en estos años no hemos asumido estrategias de ruptura ante los casos de detención y procesos judiciales como las que se han descrito y que en muy pocas ocasiones hemos planteado abiertamente dentro de la sala de justicia un alegato de falta de legitimación del tribunal, incluso en casos especialmente escandalosos como la Audiencia Nacional.

Debe decirse, sin embargo, que hemos seguido al menos dos estrategias diferentes en función de si en el proceso judicial había peticiones de pena que suponían ingreso en prisión o si lo que había en juego eran penas económicas o de inhabilitación. En el primer grupo de casos en general hemos optado por utilizar estrategias de connivencia intentando evitar la condena -salvo en campañas muy concretas y de altísima repercusión social como la insumisión al servicio militar y la PSS- y en el segundo grupo -sí de forma mucho más mayoritaria- hemos aceptado vías de confrontación en el discurso, es decir, aceptando los hechos pero modificando su significado jurídico y político (okupación, delitos electorales, fotos del rey 2007, feministas de Palma ...). En estas pinceladas no podemos dejar de mencionar la posición de determinados sectores libertarios de no utilizar el derecho a declarar en ningún momento ni el propio proceso ni la Sala de vistas para hacer ningún uso político haciendo del derecho al silencio un auténtica estrategia de no colaboración.

Propuesta de cambio para los juicios contra el independentismo

El contexto represivo actual contra el independentismo (Montse venturoso, Joan Coma, fotos del Rey 2016 ...) se da en el marco de un amplio eco social y con un apoyo masivo. Aquí se abren escenarios para hacer cosas diferentes a las que hemos hecho hasta ahora en los procesos judiciales o quizás seguir haciendo lo mismo pero con la potencialidad de obtener consecuencias diferentes. De momento hemos ensayado bastante la estrategia de la "desobediencia" en el marco de la "desobediencia institucional" como una especie de cristalización de la desobediencia civil practicada a las instituciones. Tenemos pendientes algunos debates sobre cómo perfilamos al detalle esta práctica, pero de momento el enfoque que hemos dado a la cuestión de las citas, se aproxima bastante a la estrategia de ruptura de evidenciar la ilegitimidad de la orden judicial y de sus tribunales.

 

Obviamente tenemos que dejar claro que no hay que ser fetichistas con nada: tampoco con las estrategias judiciales. Esto debe tener muy poco que ver con un tema de 'valentía' en el peor sentido masculinizado de la palabra. Lo que nos debe guiar siempre es buscar la estrategia más efectiva para los intereses con que intentamos responder el proceso penal -que de forma muy mayoritaria no elegimos nosotros ni cuando ni contra quién- y dentro de estos intereses debe haber un protagonismo especial para la propia persona encausada y por una vía que la haga sentir cómodo tanto a ella como a su entorno. Si, además, todo ello encaja con una buena estrategia política, habremos encontrado la mejor solución.

 

Y llegamos al debate sobre el acto de declaración ante el tribunal. Alguien ha dicho que declarar es incongruente con las estrategias de no colaboración. Personalmente entiendo que un proceso judicial por razones políticas sólo puede ser abordado políticamente. Esto, como ya hemos dicho, no significa dejar de atender a cada caso por sus circunstancias y pensando siempre y de la mano de la propia persona encausada. Ahora bien, desperdiciar una plataforma de debate político como puede ser un procedimiento judicial, todos sus interrogatorios y declaraciones, sin explicar por qué estamos aquí no me parece nada acertado. No sólo por qué hacerlo es una manera de tensionar el propio tribunal y de obligarle a justificar su papel y blanquear democráticamente su actividad, de ponérselo defícil. No sólo porque es un espacio con cobertura mediática que permite hacer llegar nuestras palabras y reflexiones a lugares donde nunca llegarían. Sino sobre todo porque es una auténtica representación de nuestro combate de ideas, de razones y de sueños, de visualización de las contradicciones que atraviesan este sistema, y si lo hacemos en contextos en los que el mar está removido, como ahora, pueden ser útiles para hacer avanzar nuestras luchas.

 

Es algo forzada la consideración de que seguirá -sobre porque los referentes relatados lo son de condiciones políticas y personales mucho más arriesgadas que las presentes-, pero si Sócrates, Elena Stásov y Djamila Bouhired utilizaron la declaración como manifiesto político y como vía de agitación, tal vez convendría atenderlo y retomar un hilo rojo más que atraviesa la historia.

 

 

 

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